APEIRON MAGAZINE
APEIRON MAGAZINE EDITORIAL ANÁLISIS CRÍTICA ENTREVISTAS RESEÑAS NOTICIAS CREACIÓN GALERIAS CARTELERA OPINIONES DEL LECTOR DIRECTORIO HISTÓRICO
 

Un género polémico

 

 

Reality show



Liliana Flores Martínez







lilflomtz@apeironmagazine.com

          






De algunos años a la fecha el negocio de los ”Reality Show“ ha crecido asombrosamente. El primero fue Big Brother que se transmitió por primera vez en Holanda el 16 de septiembre de 1999 y convirtió a la pantalla en un ojo de cerradura a través del cual el público podía espiar las vida  ajenas



Podemos ver en la televisión mexicana -tanto abierta como restringida- ejemplos de todos colores y sabores de este género televisivo, de factura tanto local como extranjera. Desde el clásico Big Brother o Gran Hermano,  El aprendiz,  Survivor,   Fear Factor,  La Academia,  El bar provoca, La vida surrealista,  The Flavor of Love, I Love New York,  Me enamoré  de un Brady, The Bachelor , The Bachelorette,   Dog ”Bounty Hunter“,  Family Bussiness,  The Simple Life, Viviendo como un Gotti, La bella y el nerd,  Conservatorio,  Perder para ganar, American Chopper, Modelo por un día, La escuela del encanto, Bailando por un sueño, Desafío de estrellas y un largo etcétera.



La lista es extensa. El común denominador es que estos programas -por más que algunos los consideremos basura- tienen audiencia, incondicionales seguidores, incluso fanáticos.



¿Por qué soportamos este tipo de programas televisivos chatarra? La respuesta es sencilla, nuestro morbo nos mantiene interesados en ver qué escándalo ocurrirá hoy en el Reality.



Y, desgraciadamente, es la realidad. El escándalo vende. Podemos comparar el rating del programa de los domingos Escuela para padres (10.4) con cualquiera de los otros Reality show [Big Brother VIP Súper miércoles de expulsión (14.53) y La Academia (23.4)] y veremos el abismal puntaje de uno contra otro.



Pensemos por un momento, ¿Quién quisiera ver un Reality show de una persona ”normal como nosotros“?



Estos programas no cesarán de televisarse porque es un gran negocio y podemos ver a las grandes compañías inyectándole grandes cantidades dinero a estos programas chatarra por concepto de publicidad.



Esto me hace reflexionar y cuestionarme, ¿Si volteamos a todo nuestro alrededor, acaso la vida de todos no es un Reality show? ¿Qué haría falta, las cámaras? Claro que no, en la actualidad existe cámaras en todas partes donde vamos o estamos: en bancos, cajeros, hospitales, en la calles, en los lugares de empleo, supermercados, escuelas, carreteras, etc. Y respecto al morbo… pues también ya lo tenemos, el morbo es parte de nuestras vidas.



Así pues, ¿Si los Reality shows son una basura, nuestra vida también lo será?



Con el transcurso del tiempo (y del oleaje de críticas) el género de Reality shows se ha visto inmune frente a las críticas de sectores conservadores (que los condenan por su supuesta inmoralidad) y de los sectores académicos (que los rechazan por su vulgaridad, comercialización inclemente y la general ausencia de propuestas narrativas o sociales que valgan la pena) sin que su popularidad decline un ápice. El rating de estos programas es muy alto, llegando a rebasar inclusive el rating de partidos "clásicos" de soccer, que en México son tradicionalmente los programas con mayor audiencia.



La curiosidad del público con estos programas se refleja en el número de producciones que proliferan en el mundo. Según John De Mol, presidente ejecutivo del consorcio Endemol, su productora realizó en 2001 aproximadamente 400 series. Actualmente, el concepto Big Brother se transmite en diez países. En algunos, como Alemania, Holanda y España, ya va por su cuarta versión.



México no se queda atrás. Las dos principales empresas televisivas del país, Televisa y Televisión Azteca, realizaron en 2002 seis producciones de este corte: Big Brother, Big Brother VIP, Operación Triunfo, Pop Stars, La Academia y La Academia 2a. generación. En lo que va del presente año ya se han producido cinco más: Código Fama, Big Brother: El complot, El conquistador del fin del mundo, La pesera del amor y Desafío de estrellas.



Pero el fenómeno no es tan real como lo presentan. Por ejemplo, el pasado domingo cuatro de mayo, Big Brother: El complot alcanzó un rating máximo de 13.1 puntos justo a la mitad de la emisión. Esto, a pesar de que se trataba de uno de los llamados "Superdomingos de expulsión". Según cifras del Instituto Brasileño de Opinión Pública y Estadística (IBOPE), la empresa más autorizada en su ramo, tal rating fue inferior al que alcanzó ese mismo día la película Un detective suelto en Hollywood 3.



Entre semana, el panorama no cambia mucho. Big Brother: El complot alcanzó el lunes cinco de mayo un rating máximo de 11.5 puntos, contra 11.2 de la añeja serie de El Chavo, 29.6 de la telenovela Las vías del amor, 28 puntos de La parodia y 12.4 de Enamórate.



Queda claro que estamos en la era de los Reality shows. Pero, ¿realmente vemos nacer un nuevo tipo de programación que saca de la jugada a la comedia y las series dramáticas? ¿O acaso los Reality shows son, como muchos de los sitios de Internet, burbujas destinadas a reventar?



A pesar de esto, los ejecutivos de las empresas Endemol y Nostromo Producciones siguen apostando por estos programas. "Estamos viviendo apenas lo primero de este género. Los Reality shows poco a poco tendrán que ir encontrando su mercado, su lugar, su horario; estos programas irán cambiando conforme a lo que el público vaya pidiendo", dice Iván Aranda, productor creativo de varios programas de este corte en Televisa.



Los nuevos proyectos tienen una visión de corto plazo, a diferencia de lo que se hacía en otras épocas. Antes de que estos programas aparecieran, las cadenas mexicanas habían conseguido éxito y reconocimiento con telenovelas, programas de concurso, series cómicas y programas musicales. La comodidad solía ser la fórmula para obtener el éxito. Las personas veían la televisión en sus hogares y, mientras, se podían quitar los zapatos. El público quería entretenimiento y distracción, pero la familiaridad era una virtud esencial. Los personajes que tenían éxito eran los de series cómicas como Doctor Cándido Pérez, ¡Cachún cachún, ra, ra! o La criada bien criada; personas con quien la audiencia podía pasar no sólo una semana tras otra, sino un año tras otro.



Hoy los televidentes tienen más opciones. Hay sistemas de televisión que ofrecen más de 100 canales, a lo que hay que sumar los videos, DVD, videojuegos y el Internet. Las audiencias se han diseminado, y en su lucha por reunirlas, las cadenas descubrieron que lo mejor son eventos como la Copa Mundial de Futbol o la Serie Mundial de Beisbol, ligados a una intensa publicidad y promoción.



Los Reality shows como Big Brother, La Academia o El conquistador del fin del mundo cumplen este requisito al pie de la letra. Pero según Iván Aranda, el éxito del primer Reality show implicó además descubrir una nueva clase de espectador.



"El primer Big Brother fue un parteaguas, ya que en México no existía el género como tal. Nadie lo había explotado, y por si fuera poco, tuvo una promoción adicional a la que nosotros generamos: la crítica y el rechazo total por parte de grupos conservadores. Nosotros creamos a un nuevo público, que de ahí se fue yendo a las diferentes opciones", señala el productor.



Quizá la principal de estas "opciones" fue La Academia, serie realizada por Nostromo Producciones para Televisión Azteca. "Cuando empezó Big Brother en este estilo de los Reality shows, les resultó bastante bien. Entonces nosotros hicimos este Reality menos individualista y menos temático. Quisimos volver a la historia de Fama, donde los chicos lloraban y se esforzaban", comenta Giorgio Aresu, productor de la serie.



El público respondió a esta televisión más real. El citado cuatro de mayo, el programa Desafío de estrellas, secuela de La Academia, alcanzó un rating máximo de 23.8 puntos al final de la emisión. El conquistador del fin del mundo, el otro Reality show de Televisión Azteca, tuvo en ese día un rating máximo de 12.9 puntos, muy similar al de Big Brother: El complot.



¿Por qué nos gusta ver los Reality shows? La respuesta obvia es que a todos los seres humanos nos atrae mirar a los demás. Pero los Reality shows están dirigidos a un público que responde a sus propios dilemas. "Los jóvenes de hoy no saben escuchar, no saben hablar. Van a la discoteca, lugar que les es muy agradable porque no tienen que hablar con nadie a causa del ruido. Nos estamos transformando en una cultura audiovisual que no dice nada", señala Beatriz Solís, asesora del Senado de la República en materia de medios de comunicación.



Del otro lado de la pantalla, el de quienes aparecen en los Reality shows, la pregunta es: ¿por qué alguien permite que millones de personas lo observen y se metan en su vida, incluso hasta conocer sus intimidades?



"No hay joven en el país que no quiera 15 minutos de esa gloria que es la televisión nacional. Con el poder inmenso que ésta tiene, aparecer en ella a diario es un estímulo fundamental", afirma Javier Corral, expresidente de la Comisión de Telecomunicaciones del Senado de la República.



"Hay saturación, falta de esperanza en los jóvenes, que ven representadas ahí muchas de sus ambiciones. Hoy sólo existe lo que pasa por televisión. Los jóvenes que no salen en la tele no existen, y el anonimato les crea tremenda angustia", opina a su vez Solís.



Una de las grandes ironías sobre los Reality shows es que son irreales. Los productores revisan horas y horas de cinta, siguiendo los hilos y buscando minas de oro que puedan ser explotadas. La edición estructura y aumenta el drama, y la música moldea la respuesta emocional de la audiencia hacia los acontecimientos. Es posible que los momentos clave no se encuentren en un guión, pero es obvio que están preparados. "A los Reality shows no les podemos dar guiones. Hay creativos que planean qué hacer para darle una dinámica a la casa, pero aquí no existe un guión. Ésta es la gran diferencia con las novelas. Los creativos no entran con ninguna misión más que la de participar en esto, y el comportamiento lo van dando los propios habitantes", dice Iván Aranda.



Al comienzo de La Academia los televidentes observaron a Toñita prepararse para ser elegante y culta. Es una secuencia que hemos visto una y otra vez en Mi bella dama, Mujer bonita y muchas películas más. Y hay manipulaciones más evidentes. En Big Brother: El complot, varios de los integrantes estaban de una u otra manera vinculados con el mundo del espectáculo y el deporte. Al momento de entrar a la casa de Big Brother, Silvia Irabien, "La chiva", era novia de Paulo Quevedo, integrante del grupo Kairo. Por su parte, Tatiana Rodríguez estudiaba en el Centro de Estudios Artísticos de Televisa. Daniela Romo reveló en un programa en vivo que Tony McFarland es su sobrino. Y Alfonso De Nigris es modelo profesional, además de ser hermano mayor de los famosos futbolistas Antonio y Aldo De Nigris.



"Vista desde cierta perspectiva, es una realidad creada, una realidad dada bajo ciertas condiciones. No es realidad como tal, porque nadie vive encerrado en su casa. Es una realidad posiblemente dada bajo ciertas normas y condiciones de conducta de la gente", reconoce Aranda.



Otro aspecto que hay que tomar en cuenta son las modas recurrentes en la televisión. La historia de la televisión mexicana no es más que una serie de cementerios de fórmulas exitosas que eventualmente se agotaron. En una época no había suficientes programas de vaqueros. Después abundaron los programas policiacos; luego, comedias familiares seguidas de deportes. Hace unos años, los programas musicales abarcaban gran espacio en la televisión mexicana. Esto, a la larga, sació el apetito del público.



Más tarde proliferaron Talk shows como Cosas de la vida, Hasta en las mejores familias, Martha Susana, Laura en América y El show de Cristina, entre muchos. Al mismo tiempo, había fuerte competencia para crear programas de concursos como Atínale al precio o Gente con chispa. Este modelo también perdió su furor.



A pesar de las modas, es probable que las viejas fórmulas de programación no estén muertas en lo más mínimo. Si las televisoras pudieran recordar cómo hacer programas a la vieja usanza -y probablemente lo logren- entonces los televidentes asiduos reconocerán de nuevo un menú televisivo con un poco de drama, un poco de comedia, un poco de evasión, un poco de realidad.



Siete conclusiones se pueden sacar de todo lo que un Reality llega a representar para sus televisoras



   1. Los Reality shows cuestan poco: Para las televisoras de todo el mundo este formato representa una considerable economía de recursos. De acuerdo con un reporte de la agencia Reuters, El conquistador del fin del mundo, tuvo un costo estimado de cinco millones de dólares. Sin embargo, este costo se amortizó rápidamente debido a la comercialización de los derechos a televisoras internacionales, las ganancias obtenidas vía comercialización y la venta de espacios comerciales en el programa y con los participantes.



Además, los escenarios construidos pueden ser reciclados de manera continua y al ocurrir la mayor parte de éstos en sitios cerrados, se eliminan costos de producción en locaciones.



   2. Los Reality shows son versátiles: Un Reality show se puede hacer con casi cualquier tema. La experiencia humana se convierte en un escaparate donde nuestras acciones comunes y corrientes pueden ser objeto del escrutinio electrónico, con beneficios económicos para quienes participan en ellos y para quienes ponen dichas vivencias al alcance del público. De hecho, podemos decir que casi cualquier acción humana puede ser objeto del Reality show. Los deportes, el sexo, la educación, la economía, la política, el poder, la gastronomía, la religión y hasta los tiempos muertos son susceptibles de ser enfocados y comercializados. ¿Alguna duda? Televisa produce actualmente (y trasmite a través de su frecuencia XEQ - TV Galavisión) un Reality show que gira alrededor de policías que trabajan al servicio del gobierno del Distrito Federal (la serie se llama, obviamente Policías), acompañándolos en sus peripecias por la urbe mientras persiguen y detienen criminales.



   3. Los participantes de los Reality shows son personas anodinas: No deseo utilizar la palabra en un sentido sarcástico, pero quiero señalar que la mayor parte de los participantes de estos programas (salvo contadas excepciones) son gente que no son profesionales de la actuación, el canto o los medios audiovisuales, por lo que su remuneración es básicamente la fama que obtienen por aparecer ante las pantallas. Este elemento queda de manifiesto en una investigación realizada por la revista Proceso  donde se expone que quienes entran a participar en estos programas ceden derechos fundamentales en aras de la fama (y la supuesta fortuna) derivada de la exposición ante las pantallas.



   4. Los Reality shows son altamente comercializables: una telenovela obtiene la mayor parte de sus recursos comercializándose a sí misma, es decir, vendiendo espacios publicitarios dentro de ella o revendiendo la señal a otras emisoras. Un Reality show posee un modelo de negocio donde se puede vender el servicio de televoto, programas de lealtad (es decir, tarjetas especiales), souvenirs conmemorativos, líneas de ropa, videos con "mejores escenas", posters, libros y otros productos. Y en caso de que el Reality show tenga que ver con actividades como el canto y la actuación, entonces la venta se extiende a discos con lo mejor de los conciertos, melodías hechas ad hoc y boletos para presentaciones personales, conciertos especiales y comercialización anexa (tazas, playeras, etc.), sin mencionar que se puede comercializar la señal a empresas de televisión restringida como un servicio de valor agregado. Inclusive los familiares de los participantes pueden lucrar al amparo de la fama creando círculos de apoyo a los participantes que se nutre con aportaciones voluntarias para apoyar a "nuestro(a) candidato(a)".



   5. Un Reality show renueva el elenco de las televisoras: debido a la fama adquirida por quienes participan en un Reality show, éstos se vuelven personalidades públicas aprovechadas apareciendo en programas de toda índole, fungiendo como actores, conductores, cantantes e imagen institucional de televisoras y productos comerciales. Esto ahorra los costos (y el tiempo) invertidos al formar un actor profesional o un cantante que aproveche su talento de manera verdaderamente eficiente. Este modelo es similar al empleado en Japón con los aidoru kasyu, que son personas elegidas más por su atractivo visual que por su talento, para ser enroladas en grupos musicales de corte pop. Lo mejor de todo es que en caso de que su talento no responda a las necesidades de la empresa (o sus exigencias se vuelvan demasiado onerosas), los Reality shows pueden aprovechar la imagen de otro participante.



   6. Los Reality show crean fuertes vínculos de lealtad entre la audiencia: la estructura de un Reality show es muy atractiva ya que requiere del espectador una constante atención, lo que aunado con la "interactividad" de dichos programas identifica a la gente de manera más íntima con su audiencia. El programa La Academia ha creado una cadena de lealtad tan fuerte que inclusive algunos gobiernos estatales mexicanos de donde son originarios los participantes han apoyado iniciativas de apoyo a sus paisanos.



   7. Los Reality shows se convierten en iniciativas filantrópicas: este es uno de los puntos más interesantes de este concepto ya que, pese al potencial contenido cuestionable de los Reality shows (uso de malas palabras, escenas sexuales, desnudos, etc.), los productores han hallado la manera de sortear la censura barnizando a estos programas con iniciativas de apoyo comunitario y de preservación al entorno. Ejemplo de esto es la vinculación que tiene la segunda edición de Big Brother México con la Secretaría de Ecología y Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca para "promover" el reciclaje y otras prácticas en beneficio del ecosistema.



Como puede verse, los Reality shows han resultado un género que genera los suficientes beneficios como para que se vea inmune a las críticas y augura una permanencia en nuestras pantallas. Al menos hasta que el concepto deje de atraer a las audiencias y de estimular a los anunciantes.


© 2007-2008 Apeiron Magazine, todos los derechos reservados