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El caballero de la noche
Rafael Rivera
La nueva entrega de Batman, El caballero de la noche del director Christopher Nolan encargado de la anterior Batman inicia, ha dado al director la posibilidad de profundizar algunos hilos temáticos que apenas había podido comenzar a plantear en aquella.
En esta ocasión, el desarrollo de los personajes entendidos como entes que llevan a cabo acciones relacionadas con decisiones basadas en su carácter y sus circunstancias, se reducen a lo mínimo para convertirse más bien en roles acotados por los sucesos que se plantean y ante los cuales, siendo los personajes quienes son, sólo es posible actuar de una forma determinada, ineludible e inevitable. De hecho, hay un cierto nivel en el que los personajes no actúan de manera independiente uno del otro oponiéndose mutuamente, sino que parecieran estar siguiendo una única e inexpugnable línea que los conduce hasta las últimas consecuencias.
En este sentido, el personaje de Jocker cobra una enorme dimensión convirtiéndose en una especie de enigma constante. Durante el filme se lo plantea como alguien a quien no le interesa la maldad más que como un fin en sí mismo, ajeno por completo a los intereses monetarios de la mafia. Jocker se presenta como un criminal que gusta de dar mensajes y, quizá, su fin más tangible es tener el poder y el control sobre Ciudad Gótica. Sin embargo, sus acciones está dirigidas más hacia el cuestionamiento, hacia el planteamiento de paradojas que obligan a una decisión casi por completo inevitable; ante la maldad pura solo podría responderse de un modo: oponiéndose con toda la fuerza, mas he aquí que esta oposición siempre resultará contaminada: nunca será el bien puro; la oposición a Jocker nunca será el bien, de hecho, el bueno como tal nunca se presentará en la película. Atrás, muy atrás ha quedado el Batman televisivo que representa la bondad y la moral. Ahora, la infalibilidad de los planes de Jocker, su acidísimo humor negro contrastan en brillo contra la oscuridad de acciones y falibilidad del Caballero de la noche que, en su rol de paladín del bien no es sino un juguete al servicio del mal.
Esta difuminación entre el bien y el mal, esa delgada línea todo el tiempo trasgredida por todos los personajes los coloca en un terreno común; la oposición como tal, la contraposición de valores se desdibuja equiparándolos a todos. Sin embargo, esta postura, nos permite tener la sensación de una realidad menos maniquea. Batman desea un bien común, cree que el orden social es el valor más importante y para ello está dispuesto a trasgredir al nivel de lo individual de múltiples maneras, se convierte pues en el personajes que considera el sacrificio de la simple persona un mal necesario si el resultado será el bien colectivo. Él mismo se niega a sí mismo la calidad de héroe con ésta postura, convirtiéndose así en víctima de sus propias decisiones y más aún, victimizando y arrastrando con ellas a las personas a su alrededor. El bien, entendido como el bienestar social, democrático, no es más una noción pura y transparente, sino una idea perseguida e inalcanzable en cuyo nombre la transgresión ética al nivel de lo individual, necesaria y hasta deseable en el sentido de la erección de héroes que cargan y eximen de responsabilidad a la sociedad; sin embargo, acarrea inexorablemente sus consecuencias, de tal suerte que las situaciones límite de tener que elegir entre la vida de uno u otro, fingir desapariciones y usurpar personalidades ocultas, necesariamente son acciones que se vuelven en contra de sus perpetradores, sin importar de ningún modo la bondad de sus motivaciones.
Batman no puede sino seguir su línea de acción marcada por la idea de bien que lo mueve, se convierte así en un personaje vulnerabilísimo que acaba siguiendo los planes precisos de Jocker; y Jocker siendo el mal destilado, logra un poder que se antoja ilimitado porque se coloca en el lugar del titiritero desde donde mueve los hilos de los otros personajes. Batman y Jocker se construyen uno al otro como si se tratara de una oposición arquetípica donde, no obstante, los límites entre el blanco y el negro no existen. Todo y todos se mueven dentro de un terreno moralmente gris y con motivaciones cada vez más oscuras y turbias, la verdadera contraposición se halla, pues, en la ambigüedad ética de las acciones (entendiendo por ética el terreno de lo universal, la Ley que se halla más allá de los límites de convivencia humanos supeditados a tiempo y espacio, y que permanece inalterada manifestándose en un sistema de causalidad entre las acciones y sus consecuencias) que moralmente pueden estar justificadas, y las consecuencias, inevitables, que la transgresión ética acarrea por sí misma.
Es en este terreno donde el personaje de Harvey cobra su máxima relevancia. El rencor lo transforma de un justiciero social, el ansiado y esperado ícono del bien y la seguridad, en una especie de justiciero que sin embargo busca renunciar por completo a la responsabilidad de sus propios actos. Harvey estaba seguro de su posición y se construía a sí mismo aceptando con complicidad su rol de salvador de la sociedad destruida y sumergida en el mal. Sin embargo, la película desmiente abiertamente su impostura al confrontarlo con la elección entre el bien individual y el colectivo. De alguna manera, Harvey descubre que no puede aceptar la noción de superioridad del bien colectivo por encima del bien individual pero se halla en la paradoja de ser un símbolo social y se imposibilita ante la opción de renunciar a su postura, se descubre a sí mismo como el ser dos caras que en realidad es de tal suerte que la única salida posible para él es renunciar a toda responsabilidad y actuar al margen de la moral pero no como alguien superior a ella, sino como opositor inmoral. La irresponsabilidad de los actos, fantasía acariciada por muchos, pone las acciones al servicio de un supuesto orden superior que se mantiene desapegado por completo a nuestros intereses que, a su lado, resultan mínimos y mezquinos (aún cuando lo anhelado sean bienes colectivos), sin embargo esta otra postura no aleja del personaje las consecuencias obvias a sus transgresiones: la nueva impostura, asumir que salirse de la moral para contraponérsele otorga un status superior, también termina desenmascarada porque Harvey no se convierte en una representación de la ética, sino de la inmoralidad, y el inmoral juega el mismo juego que el moral, pero en el sentido opuesto. Así, Harvey acaba por tampoco poder actuar libremente, sino que lo hace como un as más bajo la manga de Jocker y su plan perfecto.
El plan de Jocker se convierte así en la enseñanza, cabría decir moraleja de la película. El bien moral no existe en este mundo de manera pura y toda intentona por instaurarlo se convierte de inmediato en una transgresión ética y toda transgresión ética en sí misma tiene sus propias y precisas consecuencias que no se vuelven menos inexorables por estar respaldadas por una noble causa.
Jocker no solo plantea que el fin no justifica los medios, sino que en el orden ético, el que es verdaderamente universal, el fin, entendido como una noción moral reducida a las leyes de la convivencia humana, tampoco existe… pero sí las consecuencias de su búsqueda obcecada.
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