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Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo

Por Esteban Montes Miranda.

 

Yulene Olaizola, joven cineasta recién egresada del Centro de Capacitación Cinematográfica, estructura un documental que muestra un viaje al interior de la vida privada de una casa de huéspedes de la Ciudad de México, ubicada en la Colonia Anzures, en la esquina formada por las calles de Shakespeare y Víctor Hugo, presentando una disección delicada, sutil y arriesgada, que consigue adentrarse de forma privilegiada en el acontecer de sus protagonistas, gracias a la cercanía que la directora, guionista y editora, mantiene con ellos, al ser miembros de su propia familia.

 

El planteamiento se ubica en un terreno peligroso: la historia narra la relación entre la dueña de la casa de huéspedes y un parroquiano muy cercano, con quien estableció un nexo humano familiar, profundo y poderoso, llevándonos a descubrir el sorprendente destino que esa relación tendrá a lo largo del tiempo, de ahí el sentido de las ”intimidades“ anunciadas en el título.

 

El riesgo radica en que, por su naturaleza cercana a la nota roja, el material de podría prestarse a un tratamiento amarillista, al exhibicionismo periodístico inescrupuloso, que sin duda podría conducir a un producto redituable por la explotación del morbo del espectador, cercano a los pseudo reportajes tan comunes en la televisión comercial.

 

Sin embargo, y en esto radica la enorme virtud de este trabajo –que lo vuelve sumamente cercano al espectador–, la realizadora básicamente se conduce en su reconstrucción a través de una voluntad de comprensión de las necesidades y motivaciones que guían a los involucrados en la historia, permitiendo que se expresen en toda su complejidad y que sea la experiencia en sí la que de forma y estructura al relato.

 

Contrario al agotamiento de recursos narrativos que en la actualidad podemos notar en una considerable cantidad de la producción cinematográfica que se realiza en nuestro país, Olaizola no busca imponer a su material una visión formalista o artificiosa, que establezca una estilización forzada que se presupone audaz u original, sino que es capaz de respetar plenamente la calidad humana de la historia misma, colocando el registro visual y sonoro en el lugar de un testigo delicado, atento y desprejuiciado, que muestra gestos y ambientes desde sus propias características, sin que ello signifique un abordaje frío o de pretendida objetividad.

 


La selección de las imágenes no pierde su carácter indagatorio, curioso, hasta intrusivo en ciertos momentos, pero lo que guía el relato es la necesidad de expresar con la mayor precisión posible la conmoción de todos los involucrados en la historia, siendo capaz de registrar con sumo cuidado y atención, las reacciones más mínimas con que cada uno recrea los sucesos.

 

La valoración, el juicio que observamos, por lo tanto, es el que los entrevistados manifiestan, no únicamente en sus palabras, sino más aun en sus miradas, sus silencios, sus formas de asumir la rememoración de lo acontecido, creando lo que, efectivamente, es un momento de intimidad, donde la sorpresa que el espectador experimenta es equivalente a la que sienten cada uno de los personajes, (lo cual, es posible desde luego gracias a la posición de confianza de la realizadora ante los entrevistados) lo que coloca al espectador en el lugar de un pariente cercano al que se le van revelando los hechos.

 

En este sentido, la película trasciende el límite mismo de la labor únicamente documental, para colocarse en un espacio extremo, donde el ejercicio de investigación da paso a la evocación emotiva, la sorpresa, la confesión íntima y el espanto.

 


La actitud con que Olaizola se relaciona con el material humano que tiene en sus manos, no deja de plantear una paradoja que constituye parte fundamental del tema del documental: la profunda y misteriosa complejidad de las relaciones humanas, que en su acontecer cotidiano y común, entrañan desde la más sutil y amorosa de las ternuras, hasta la violencia más descarnada y la crueldad más impiadosa, sin que eso implique que cada extremo niegue o cancele necesariamente al otro, sino que la fusión de esas experiencias se amalgaman para darle sentido al hecho mismo de compartir la vida con el otro, a pesar incluso de lo aterrador y riesgoso que efectivamente resulta este hecho.

 

Pero esta paradoja no se limita únicamente a la historia, sino incluso al planteamiento mismo que entraña la realización del film, a través de un elemento esencial implícito en mayor o menor grado, en todo trabajo documental: la decisión de arriesgarse a exponer las vivencias íntimas de las personas, y más aun si estas son parientes cercanos, no deja de plantear una fuerte carga de violencia, que coloca a este film ante un auto cuestionamiento acerca los límites existentes entre la denuncia o la crítica, y el espectáculo, con todo lo que de explotación morbosa y banalización implica; dilema que, desde la grandeza de su genio creativo, Truman Capote representa de manera ejemplar, con esa extraordinaria y aterradora novela documental que es A sangre fría.

 

Un documental, en suma, que nos confronta con los límites de la experiencia humana, de forma sumamente conmovedora y sin duda escalofriante, en un trabajo de enorme fuerza, honestidad, delicadeza y sencillez.

 

 

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