|
|
Roch o la experiencia de la belleza
Fernando Martínez Monroy.
I
La obra de Luisa Josefina Hernández es, sin dudarlo, una de las más valiosas, artísticamente hablando, en lengua castellana.
La afirmación anterior obliga por necesidad a distinguir en qué se diferencia lo valioso de lo importante, comenzado por observar que, uno y otro término, se ubican en dos dimensiones distintas: lo universal y lo cultural.
La experiencia de lo Universal es aquella que da esencia al arte. Los valores culturales o históricos son aquellos determinados socialmente en un momento histórico concreto. Las obras importantes desde esta perspectiva adquieren su ”importancia“ debido a que permiten comprender una época. Las cátedras de historia del teatro y de la literatura proponen el estudio de muchas obras cuya máxima importancia radica en su existencia; cada época y cada sociedad ofrecen, de acuerdo a esos cursos, lo que tienen.
El arte es otra cosa, tiene que ver con una concepción que es capaz de captar la dimensión de las cosas, de sintetizar de la realidad un tema y de manifestarlo a través de la estructura que uno descubre en él, de ahí que el gran escritor es capaz de vibrar en sincronía con el ritmo y la fuerza total de la realidad. Nada menos que eso.
El problema de la obra de arte es que pide lectores a su altura, casi el mismo descubrimiento que el artista realiza en la vida ha de hacerlo el lector para comprender, para asimilar la emoción que condensa la obra artística.
Eso es exactamente lo que pide la obra de L.J.H.: no es una literatura que engolosine dando al lector lo que espera encontrar. La única expectativa que se cumple es la de la sorpresa y la conmoción al descubrir el hilo de su pensamiento, la manera contundente de su razonamiento, la luz que lleva a todo lo que observa, el sentido común; el asombro ante el dominio de la técnica pero sobre todo, su novela y su teatro nos transportan a una dimensión, a magnitudes de la realidad tan insospechadas y tan contundentemente cercanas a nosotros que uno se siente conmovido y absurdo por ver lo que, bajo su luz, resulta tan evidente, tal y como ocurre en La carta robada, de Edgar Allan Poe. Tal es su poder de revelación.
Su obra literaria es prueba de que la Belleza, la Verdad y el Amor tienen una dimensión más allá del concepto cultural en la cual se vuelven experiencia rotunda: uno se conmueve hasta las lágrimas y luego piensa: esto que me embarga es la Belleza, esto es el Amor y sólo esto, visto así, es la Verdad.
Roch, la novela que hoy es publicada, fue escrita en 1979 y manifiesta uno de los temas preferidos por la autora, quién es capaz de hablar de todo. En una entrevista en que se le preguntaba:
¿Cómo explicaría su interés en dos temas, en apariencia tan excluyentes, uno del otro, como son lo político y lo social en obras como La paz ficticia, La fiesta del mulato, La historia de un anillo y luego un cambio al misticismo como en La conquista del reino, Oriflama, Apostasía, en dos periodos importantes de su producción?
La relación entre esos dos grupos de obras que usted menciona es en primer lugar, técnica. Si se ha escrito una obra didáctica de tema político, se está muy cerca de escribir otra de tema eligioso (no importa de qué religión), porque ambas son en primer lugar tendenciosas y en segundo lugar se refieren a conductas comunitarias, no íntimas ni personales. Por otra parte, en las actuaciones políticas suele haber tanto fanatismo como en las religiosas y en las religiosas tanto fanatismo como en las políticas. Para mí son temas afines. No dejo de pensar, sin embargo, que en ambos grupos se proponen soluciones simplistas, tan sencillas como los folletos de propaganda religiosa o política, para repartir. En ambos casos se recomiendan conductas que implican la firme entrega a cierta idea, recomendada como infalible.[1]
La obra completa de la autora comprende realizaciones estructurales sorprendentes a partir de núcleos temáticos presentes en los géneros que domina, drama y narrativa. El tema de Dios y de sus santos, -que no es el de la religión y sus ministros-, podríamos llamarlo misticismo o espiritualidad, pues Dios, en su obra, es una fuerza viva que surge de un caudal espiritual. En una obra de Eugene O´Neill un personaje lleno de envida pregunta a la Diosa Cibeles, en quien él mira una prostituta: ”Por qué todas aman a Dion? y Cibeles responde: ¡Porque está vivo! Luisa Josefina Hernández es grande porque está VIVA y ser una entidad viva se vuelve de inmediato un acto de herejía dentro de los límites morales, políticos y dogmáticos de una religión.
Éste, el tema de Dios, es el tópico general de dramas como Oriflama, tragicomedia hagiográfica acerca de la vida de San Luis, rey de Francia, acosado por una madre capaz de la intuición del milagro existente en su preñez y que, ciega de la satisfacción de ser la madre de un santo, atosiga a su hijo, con su muy particular idea de la santidad, para obligarlo a ser lo que Luis, esencialmente, ya era; porque la Santidad nada tiene que ver con los santos creados por las iglesias para recomendación de los valores pregonados por éstas. Es así que, la vida de ningún santo es ejemplar porque ninguna puede ser imitada: la santidad es el descubrimiento de Dios en uno, el entusiasmo, no la adscripción a los valores. Se vuelve paradigmática de aquello que puede lograrse siempre que uno lo tenga como propósito vital. El Santo se parece al artista por la claridad de propósito y por la vehemencia para asumirlo. Al respecto dice Roch niño a su padre, hablando de la caridad:
-Para poder amar sirve la caridad. Quien juzga a los otros y los encuentra feos o malos no puede ser caritativo y quien no tenga caridad no entrarla reino de los cielos.
Roch guardó silencio y Jean Marie percibió que este último comentario había entristecido a su hijo: su silencio ya no era pensativo sino emocionado.
-¿En qué piensas, Roch?
-En que nada es posible.
-¿Qué quieres decir con eso?
-Pues…- no hallaba la palabra justa.- que… la caridad debe ser un trabajo de todo el día. Los caritativos no pueden tener tiempo de hacer ninguna otra cosa.
El miniaturista se alarmó. No podía afirmar ni negar; no entendía lo que Roch estaba diciéndole: Tuvo el deseo de tomar a su hijo en brazos para consolarlo por ese pensamiento y así lo hizo. Mientras Roch se acomodaba sobre sus piernas se le ocurrió que al fin y al cabo no todo el universo es la palabra. (Roch, p.p.57-58)
En una noche como ésta es un conjunto de obras en un acto acerca de aquello que siendo inexplicable, no es de ninguna manera inexistente ya que lo inexplicable, porque lo es existe, sólo que se desconoce su lógica.
De la colección de los Siete autos sacramentales que destacan:
La danza del urogallo múltiple, obra que, dirigida por Héctor Mendoza a principios de los años setentas mostró posibilidades inexploradas y contundentes para el teatro mexicano. En ella se aborda, a través de un alarde de inteligencia, el misterio del milagro del ser humano que sueña con él, teniéndolo ya entre sus manos a través de su propia existencia, de su consciencia, de la compasión, de la caridad y de la fe.
La conquista del reino, que muestra a Juana de Arco, la santa, envidiada por la impostora, personaje comparativo, la que quería ser pero no es y quien, en vez de dedicarse a descubrir su propia vida, funda su propósito en querer suplantar a la santa. Ambas viven vidas paralelas que dan distintos resultados al ser diferentes los propósitos: la obediencia a la esencia, en Juana, y el disfrute de la fama y el poder que son la manera en que concibe la mujer la santidad. Finalmente, después de la hoguera para ambas en la cual la mujer sacrifica a su ideal lo que no era necesario para ella pues, no siendo santa al quererse medir con Juana funda su mediocridad y se le oye repetir, ”Soy pastora de ovejas, soy pastora de ovejas“ mientras Juana, comparece ante un tribunal de ángeles que como recompensa al deber cumplido, le ofrecen concederle su deseo y la santa que capitaneó un ejército, que coronó a un rey, que cabalgó y vivió como soldado responde con una sencillez arrolladora: ”Quiero dormir en mi cama, lavar mi ropa, jugar con mi alma…“
Dentro de las novelas, bastaría una sola para que quedara asentada la grandeza que como escritora L.J.H. alcanza: en Los trovadores, el misterio de la santidad de lo que es todo espiritualmente y nada ante los ojos de los hombres, conmovedora en su tema expuesto a través de una estructura compleja, arquitectónica; esta novela es uno de los más bellos templos erigidos a Dios desde este arte.
Apocalipsis cum figuris, ganadora del Premio Xavier Villaurrutia, es otra novela cuyo rigor estilístico se alcanza en el logro de los detalles delicados del color, del trazo de los personajes, del paisaje de la pintura flamenca. En un momento de una larga peregrinación a través de un mundo de unicornios, los personajes aterrados en medio de un terremoto preguntan a la mujer a quien siguen: ¿qué haremos ahora? A lo que por respuesta obtienen: -Nada. Hemos llegado-. Y allí permanecen en medio de la destrucción porque entre el nacimiento y la muerte está, otra vez, el misterio de la vida. La vida que se acaba en cuanto ha completado su sentido.
¿Quien podría afirmar que el caos existe después de haber leído todo esto? Lo que llamamos caos es sólo una percepción. El caos no es otra cosa que la falta de comprensión, porque del todo sólo vemos una parte. Por eso la belleza es terrible, porque muestra la síntesis de la totalidad. Terrible para nuestras fantasías, peligrosa para nuestras mentiras; porque la belleza es la experiencia de la contemplación de la armonía, del orden infinito del cosmos. La belleza revela la verdad del acto lejano, misterioso y oscuro que trae como consecuencia, con gran exactitud, lo que hoy ocurre. Lo que hoy ocurre es bello cuando se comprende que es resultado de un mecanismo perfecto y por ello predecible, si asumiéramos la dimensión de lo que sabemos tanto como de lo que ignoramos.
II
Roch, está concebida con un entramado complejo, a la manera de los tapices que la familia del santo elabora. En Roch se habla de la vida del santo pero es también el fresco de una época, el análisis de una ideología, formada de diversas concepciones siempre a partir de personajes y situaciones contrastantes o paralelas: la obediencia de Roch a su esencia confrontada con la búsqueda vital de François, su hermano, quien pasa de artista a soldado, de aciertos a errores con intensidad vital, con la angustia de saber que sólo se sabrá a partir de las consecuencias de los actos. Roch, no tiene discurso, sigue su impulso, su testimonio es su vida. Sus hermanas Heléne y Denise: una capaz del amor y la otra vacía de él y hambrienta de necesidades, consumiéndose en un apetito voraz y tratando de llenar con lujos el hambre espiritual: la carencia de amor sólo se nutre con amor. Cualquier sustituto es el principio de la compulsión angustiante de paliativos ineficaces.
Luego, está Roch como santo místico frente a dos santas intelectuales: Brigitte de Suecia y Catalina de Siena quienes confrontadas una y otra nada tienen que ver salvo que son, por los valores que pregonan, santas como deben ser los santos para la iglesia, sus defensoras, con una firme postura ante la crisis que llevó al conflicto entre Roma y Avignon.
Hay en Roch, un bellísimo retrato del Medioevo frente a los impulsos que condujeron al Renacimiento y en medio de esto, insignificante, la vida de Roch desde niño hasta su muerte, desde su anonimato hasta su culto en Europa y América; Roch, peregrino a quien las bestias respetan en los bosques, a quienes los ángeles visitan en prisión, el que no es reconocido a su regreso y que no reconoce, porque el que se va no es el mismo que vuelve y vivir tiene consecuencias definitivas y trascendentales. Es trascendental su visión. Roch es un niño que cuestiona a su hermana en sus creencias, a su padre, pintor miniaturista, en las formas y tópicos de su trabajo y al preguntarles por la forma de su pensamiento y su proceder, los aterra al apuntar posibilidades ajenas a aquellas en las que se habían movido, pero tan cuerdas que después de escucharlo les queda clara la pobreza de su concepción anterior y para todos sigue el desconcierto que causa una seguridad que llega para sustituir o enriquecer a la anterior.
La novela va constantemente, de lo social a la intimidad del hogar. La familia elegida por la autora para el santo es de artesanos, tapiceros cuya vida está, como en los hombres vivos, en función de su vocación y la realización de su trabajo. Es una familia extraordinaria la concebida por la autora, posible, mostrada en la manera en cómo no son las familias, pero probable porque uno entiende que así se podría ser si el verdadero propósito fuera el amor, como es el caso aquí. La familia de Roch está constituida por una madre y un padre amorosos para con su profesión, profesan la vida a través de su arte, los tres primeros hijos son del primer marido y al enviudar la madre tiene la bendición de encontrar un hombre afín capaz de hacerse amar por las criaturas y capaz de amar y respetar a su hijo. Roch es un niño marcado por el amor.
Así vemos que la claridad del propósito es importante para la vida pues dicha claridad nos permitiría saber qué es lo que ayuda y qué es lo que estorba para la realización del objetivo. Si uno lo asumiera, decidir no sería tan difícil ni la vida tan complicada. Bastaría escuchar el consejo que da la madre a las hijas antes de que lleguen el par de artesanos que podrían convertirse en sus maridos:
-Ningún exceso de timidez ni de pudor. Nada que haga pensar en la desenvoltura o el descaro. Tampoco observarlos abiertamente como si se tratara de comprar un macho cabrío. Sed naturales como habéis sido siempre, pues así seréis aun en el caso de casaros. Denise, debo decirte algo, no lo tomes a mal: siempre has sido perezosa y te cuesta trabajo llegar al bastidor; de ninguna manera actúes como si furas diligente, pues no se trata de forjar engaños. Eso es todo. (Roch, p. 70)
Apenas se ha hablado de Roch, se habla de su compañera, la peste:
La peste da una impresión de rapidez, se le imagina como un corcel alado y a pesar de ello, es lenta.
La peste anda en los ambientes y se pega firmemente a la piel, la recorre, la invade, penetra por los orificios del cuerpo del hombre, lo aniquila y aun perdura sobre sus restos hasta que la desintegración de la carne se lleve al cabo y sobreviene un proceso contrario de integración a la tierra, al agua y al viento, que rechazan la peste y la derrotan. También el fuego es más fuerte que la peste. Los elementos son más violentos, más fuertes, más sanos, por ellos la naturaleza se conserva pura. (Roch, p. 11)
La misión de Roch es el equilibrio, logrado a través del movimiento vital que lo rompe a cada paso para devolverlo instante tras instante a él; la curación, el alinear la vida para que el proceso de degradación espiritual, cuyo síntoma es la enfermedad, se rinda a la armonía, al júbilo vital, al silencio que asume lo vivido como un don que sólo puede predicarse con la acción. Si el llamado a Francisco de Asís fue: ve y repara mi casa que está en ruinas, la misión de Roch es sanar esa idea degradada de la relación del hombre con su vida. En estos personajes el triunfo o el fracaso lo son de su vocación, de su esencia, enfrentando con valentía el proceso de descubrir lo inexplicable.
La complejidad de Roch, radica en su concepción amplia desde lo íntimo hasta lo social, desde lo místico hasta lo histórico, muchas cosas pueden comprenderse a partir de su lectura, la primera de ellas es lo avasallador de la existencia que puede experimentarse pero no siempre expresarse. Cada quien observa de acuerdo con su condición y da en la medida de sus posibilidades. El espíritu de LJH está bendecido por la claridad, la comprensión, la intensidad, la abundancia, la belleza y la generosidad, esto es lo que encontrarán en Roch, y es su lectura y su disfrute la manera de agradecer lo prodigado.
[1] Martínez Estrada, Sergio: ”Luisa Josefina Hernández, creadora de un mundo de pasiones y furias“, en Sábado, 8 de octubre de 2005, pp.1 y 4.
|